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RADIOGRAFÍA DE UN ENFADO (o cómo cambia la experiencia al pasarla por el tamiz de la consciencia y la autocompasión)

TOMA 1

Estoy profundamente herida. Y enfadada.

Poco antes de cenar. Mi hijo mayor (que está pasando unos días en casa antes de comenzar su trabajo en otra ciudad) rechaza mi ayuda en una gestión que estaba realizando, con palabras y gestos de desprecio. Claramente injusto y fuera de lugar, ya que mi experiencia podía reportarle una tangible ventaja económica en lo que estaba haciendo y mi intervención iba cargada de amor y respeto.Finalmente, y a instancias de su padre, acepta que le ayude, para soltar al terminar un escueto “no era para tanto”.

En un instante mi mente se llena de un aluvión de críticas, juicios y reproches. Siento crecer el enfado y el irrefrenable impulso de expresarlo para “pararle los pies” y cambiar la situación:“debería darte verguenza” “no tienes ningún derecho” “no seas borde” “siempre igual” “¿nunca vas a cambiar”…, para castigarle y que aprenda: “hoy recoges tú la cocina…”

Su reacción impasible hace que la batidora de mi mente aumente la velocidad de las críticas y mi enfado se eleva de forma exponencial. Ahora también con su padre, quien contempla la escena sin inmutarse cuando “debería estar apoyándome” y al hacérselo notar, simplemente se encoge de hombros. Me enerva!!!

Me siento sola, no hablo durante la cena. Me acuesto, duermo mal. El enfado se transforma en desánimo y deja un poso de resentimiento.

 

TOMA II

Estoy profundamente herida. Y enfadada.

Poco antes de cenar. Mi hijo mayor (que está pasando unos días en casa antes de comenzar su trabajo en otra ciudad) rechaza mi ayuda en una gestión que estaba realizando, con palabras y gestos de desprecio. Claramente injusto y fuera de lugar, ya que mi experiencia podía reportarle una tangible ventaja económica en lo que estaba haciendo y mi intervención iba cargada de amor y respeto.Finalmente, y a instancias de su padre, acepta que le ayude, para soltar al terminar un escueto “no era para tanto”.

En un instante mi mente se llena de un aluvión de críticas, juicios y reproches. Siento crecer el enfado y el irrefrenable impulso de expresarlo para “pararle los pies” y cambiar la situación.

Noto mis músculos tensos, calor en la cara y unas fuertes ganas de llorar. Me doy cuenta de lo difícil, frustrante y doloroso que es este momento para mí. ¡Le quiero tanto!

Y decido prestarme atención: ¿qué necesito para aliviar el dolor, para cuidarme en este momento? espacio, tiempo, cariño… Me voy a mi cuarto y me tumbo en la cama. Noto la presión en la garganta, la dureza del gesto en el rostro, las lágrimas que brotan… y las dejo estar. Llevo una mano al pecho y observo las sensaciones que cambian junto a la calidez de mi mano y los movimientos de la respiración.
Mi experiencia se transforma, y poco a poco la rabia deja paso a la tristeza, la tensión al cansancio y el gesto duro a la expresión triste de mi cara. El reproche hacia mi hijo se convierte en ternura hacia mi misma. Y de la tristeza y la ternura, nace la serenidad.
Solo entonces vuelvo a la escena. Le pido a mi hijo por favor que no me vuelva a hablar de esa manera. Me pide una breve disculpa. Él tampoco es perfecto.


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